La Realidad Bíblica del Pecado Mortal

PREGUNTA: ¿Es bíblica la distinción entre el pecado mortal y el pecado venial? ¿Podemos “perder” nuestra salvación si cometemos un pecado mortal?

Discusión: La Biblia describe unos pecados que son mortales (o “que llevan a la muerte”) y otros que no lo son tanto, los cuales comúnmente llamados pecados veniales (Jn. 5:16-17; Catecismo, Nos. 1852-54)

Los cristianos son capaces de cometer pecados mortales y por lo tanto de rechazar el don de la vida eterna, un don que no puede darse por sentado. Sin embargo, los cristianos que escogen ser fieles y perseverar así hasta el fin —y que si  caen en el pecado buscan el perdón de Dios por medio del sacramento de la Confesión—pueden estar confiados en la infinita misericordia de Dios y Su lealtad a sus promesas, incluyendo la de la vida eterna.

Aquí estamos ante dos preguntas íntimamente relacionadas: Primero, si ¿es posible que un cristiano pierda la gracia santificante (o sea su salvación) al cometer un pecado grave? Y segundo, si realmente fuese posible que un cristiano cometa tal pecado, ¿implica esto que nuestra salvación está en peligro?

Ante que nada, debemos darnos cuenta que la esencia de la misión de Jesucristo es la proclamación de la buena nueva—la misericordia de Dios para los pecadores. Pues, el ángel le anunció a San José lo siguiente: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

La misericordia de Dios es siempre mayor que nuestros pecados. Pues, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20). En el evangelio según San Lucas, capítulo 15, a través de las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida, y el hijo pródigo, descubrimos el absoluto deleite y gozo que siente nuestro Padre Celestial al envolver con su gracia a aquellos pecadores arrepentidos que vuelven a Él acongojados. Los cristianos no solo son llamados a experimentar la reconciliación con Dios, son también llamados a ser embajadores de la reconciliación en el mundo. (Mt. 6:14; 2 Cor. 5:18-20).

El hecho que los cristianos pueden, al igual que el hijo pródigo, optar por quebrar su relación con Dios por medio del pecado mortal, nos demuestra que Dios, al hacernos sus hijos e hijas por intercesión de Jesucristo, siempre deja intacto nuestro libre albedrío y por lo tanto nuestra habilidad de alejarnos de Él.

Sin embargo Él espera ansiosamente abrazar a cada hijo e hija pródigo que vuelve a Él. Asimismo, no debemos olvidar que todos los cristianos han recibido el don del Espíritu Santo para ayudarlos a llevar vidas santas. Por lo tanto, la posibilidad del pecado mortal no debe ser motivo de ansiedad o preocupación exagerada. Por el contrario, demuestra que  nuestras decisiones—buenas o malas—son importantes para un Dios que desea que lo amemos libremente.

La Enseñanza de La Iglesia Sobre El Pecado Mortal

La Biblia hace una clara distinción entre el pecado mortal y el venial (“no mortal”) en 1 Juan 5:16-17 que reza:

Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y le dará vida—a los que cometan pecados que no son de muerte pues hay un pecado que es de muerte, por ése no digo que pida—. Toda iniquidad es pecado, pero hay pecados que no llevan a la muerte.

Al pecado mortal se le llama “mortal” porque “mata” la vida de gracia en el cristiano. Dios le ha regalado a los hombres Su gracia y no se las quitará, pero ellos pueden escoger rechazar esta gracia, de forma voluntaria, al cometer pecados graves deliberadamente. Santiago nos habla de salvar a un hermano del pecado mortal (St. 5:19-20) y San Pablo nos aclara que hay pecados que si quedan sin arrepentimiento impiden que la persona herede el reino de Dios (1 Cor. 6:9-10). Además, Hebreos 10:26-36 discute la noción del pecado deliberado o “intencional”:

Porque si voluntariamente pecamos después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados, sino la terrible espera del juicio. . . . ¿Cuánto más severo castigo pensáis que merecerá el que pisotee al Hijo de Dios, y profane la sangre de la alianza que le santificó, y ultraje al Espíritu de la gracia? . . . Tenéis necesidad de paciencia para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido.

Este pasaje indica claramente que aquellos que han recibido a Jesús pero que después pecan deliberadamente, rechazan, de esta manera, la gracia santificante o justificante que han recibido, o sea, la gracia por medio de la cual ellos se hicieron partícipes de la naturaleza divina (2 Pe. 1:4) y se hicieron hijos e hijas de Dios (Rom. 8:14-17; Catecismo, nos. 1987-2005). Para reconciliarse con Dios tienen que arrepentirse y confesar sus pecados (1 Jn. 1:9). Los cristianos que estén en gracia de Dios, o hayan sido restituidos a la gracia de Dios, tienen que perseverar en esa vida de gracia (Heb. 10:36; Rom. 11:22; 1 Cor. 10:12).

Se requieren tres condiciones para que un pecado sea mortal. El pecado tiene que involucrar una materia grave y ser cometido con pleno conocimiento y con deliberado consentimiento (Catecismo, nos. 1854-64, 1874). El Catecismo (no. 1858) enseña que “materia grave” es aquella contenida en los Diez Mandamientos, que corresponde a la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc. 10:19).

“Pleno conocimiento” se refiere a que la persona entiende y sabe, a ciencia cierta, que el acto que esta cometiendo, o que quiere cometer, esta en contra de la ley de Dios (Catecismo, no. 1959). “Deliberado consentimiento” significa que el acto es cometido voluntariamente por la persona (ibídem). Si la persona no sabe que cierto acto constituye una ofensa seria, o si actúa con insuficiente libertad, el pecado no se considera mortal.

En su encíclica Veritatis Splendor (Esplendor de la Verdad) de 1993, el Papa Juan Pablo II resume magistralmente la enseñaza de la Iglesia concerniente al pecado mortal:

Acorde con toda la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto por medio del cual el hombre, libre y concientemente rechaza a Dios, Su ley, la alianza de amor que Dios nos ofrece, prefiriendo concentrarse en sí mismo o en alguna realidad creada y finita, algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede suceder en forma directa y formal en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de manera equivalente como en todo acto de desobediencia en materia grave a los mandamientos de Dios (no. 70).

La Perseverancia es Esencial

Algunas personas enseñan que “una vez salvos, siempre salvos.” Alegan que una vez que una persona ha recibido a Jesús, ella nunca puede perder su salvación. Después de todo dado que la salvación no puede ganarse, (Ef. 2:8-9), cómo puede perderse? Este punto de vista ¿es compatible con la Biblia? No, porque la Biblia claramente enseña la realidad del pecado mortal y la necesidad del arrepentimiento, paciencia y perseverancia—permaneciendo en gracia de Dios y sin cometer un pecado mortal—en la vida de un cristiano. El precepto “una vez salvos, siempre salvos” o “la certeza de la salvación [final]” simplemente no es bíblico.

Los que enseñan el concepto de “una vez salvos, siempre salvos”, a veces citan ciertos versículos bíblicos fuera de contexto o malinterpretan versículos bíblicos para defender su creencia. Sin embargo, la enseñaza bíblica sobre la necesidad de la perseverancia es clara e indudablemente opuesta a “una vez salvos, siempre salvos”.

Consideremos, por ejemplo, las palabras de la Segunda Carta de Pedro:

Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido (2:21).

En este pasaje San Pedro claramente enseña que hubiera sido preferible nunca haber conocido a Jesús, en vez de conocerlo y cometer pecados graves, refiriéndose al cristiano apóstata que habiendo rechazado a Jesús, está en peor situación que en la que estaba originalmente. Esta apostasía no excluye la posibilidad de arrepentimiento y reconciliación, pero la “caída de gracia” del hombre no tiene sentido si su salvación está asegurada el momento que recibió a Cristo. Pues cómo es posible que un hombre que abandona a Cristo esté “asegurado de su salvación” si la Biblia dice que está en peor situación que la de antes de que supiera que Cristo existiera? Si un hombre estuviera “siempre salvo” desde el momento de haber recibido a Cristo, el cometer pecados graves no tendría una consecuencia peor que la de nunca haber recibido a Cristo; sin embargo la Sagrada Escritura dice que las consecuencias son peores.

San Pablo discute una situación similar en 1 Timoteo 5:8: “Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un criminal.” Este versículo habla del cristiano que viola el mandamiento de Jesús de amar a su prójimo (1 Jn. 2:3-4; Mt. 22:37-40). San Pablo dice que cometer tan grave pecado es renunciar a la fe. Así como con San Pedro, también con San Pablo: El hombre que abandona a Cristo está en peor situación que si nunca hubiese creído. De nuevo esto no podría ser cierto si la salvación de un cristiano estuviese “asegurada”. Si fuese cierto que “una vez salvos, siempre salvos”, el cometer un pecado grave como creyente nunca podría ser peor que ser un no creyente.

Confianza Sólo en Dios

Al rechazar la idea de “una vez salvos, siempre salvos”, no debemos pasar al otro extremo de dudar de la misericordia, bondad y fidelidad de Dios a sus promesas. O sea necesitamos de la virtud de la esperanza (Catecismo, nos. 1817-21).

Cuando fuimos bautizados, ni fuimos arrebatados al cielo ni fuimos abandonados en la tierra para valernos por nuestros propios medios. Por el contrario, iniciamos  un peregrinaje a nuestra casa celestial, la cual  ha sido preparada desde toda la eternidad  por Nuestro Padre en el cielo para nosotros (Jn. 14:1-3; 2 Cor. 5:1-10; Fil. 3:13-14).

La Iglesia nos recuerda que la esperanza es expresada y alimentada en la oración, especialmente en el Padre Nuestro, el cual resume las aspiraciones de todos los cristianos. La oración hace que nos concentremos en nuestro objetivo—Dios mismo—y nos ayuda a que rechacemos cualquier cosa (o sea el pecado) que nos aleje de El.

En  nuestro peregrinar a la casa eterna, somos sostenido por el don del Espíritu Santo, quien es el legado de Jesús a Su Iglesia. Nuestra salvación requiere de nuestra cooperación, pero nuestra confianza no se basa en nuestros propios esfuerzos sino en Dios, quien nunca nos falla (Rom. 5:5). Si estamos con Cristo, seremos salvados (1 Jn. 5:12).

Una Vez Salvos, Salvos para Siempre?

• Tenemos que perseverar “hasta el fin” (Mt. 10:22; 24:13) “en la bondad de Dios” (Rom. 11:22) para
reinar con Cristo (2 Tim. 2:12).

• Las Escrituras mencionan varios casos de cristianos que han apostatado a través del pecado (ej, 1 Tim. 5:8; Heb. 6:4-6; St. 5:19-20; 2 Pe. 2:20-21).

• San Pablo, quien tuvo una de las conversiones más dramáticas y profundas en 2000 años de cristiandad, escribe, “sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado” (1 Cor. 9:27).

• Además San Pablo aconseja a los que ya son cristianos a “trabajar con temor y temblor por vuestra salvación” (Fil. 2:12).

• Los cristianos son llamados a cultivar la virtud teologal de la esperanza, la cual es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios (Catecismo, no. 2090).

• La esperanza no se basa en nuestro propio esfuerzo o habilidad para resistir las tentaciones, sino en la misericordia y bondad de Dios derramada sobre nosotros a través del Espíritu Santo (Catecismo, no. 1817; Rom. 5:5).

Preguntas para reflexión o Discusión en Grupo

1. Cómo respondo a la pregunta, “Estás salvado?”

2. Cómo es que la virtud de la esperanza establece un balance entre la presunción (“mi salvación está asegurada”) y la desesperación (“mis pecados son tan grandes que Dios nunca me perdonará”)?

3. Estoy consciente de mis propias tendencias pecaminosas? Pido confiadamente la gracia de Dios—especialmente a través de los sacramentos—para perseverar en la vida cristiana?

Sugerencias de Lecturas Adicionales

La Santa Biblia (edición católica)

Catecismo de la iglesia católica

Documentos del Concilio Vaticano II: Veritatis Splendor

Karl Keating, Catholicism and Fundamentalism

Mary Ann Budnik, Look for Peace? Try Confession

Patrick Madrid, Surprised by Truth

Hahn and Suprenant, eds., Catholic for a Reason: Scripture and the Mystery of the Family of God

Leon Suprenant and Philip Gray, FAITH FACTS: Answers to Catholic Questions

Ted Sri, Mystery of the Kingdom: On the Gospel of Matthew

Leon Suprenant, ed., Servants of the Gospel

Most Rev. Thomas J. Tobin, Without a Doubt: Bringing Faith to Life

Para ordenar estas y otras obras, favor de llamar a Emmaus Road, a la línea gratuita (800) 398-5470.

Cuestiones de Fe Disponibles en La Página Web:

 

© 2004 Catholics United for the Faith, Inc.

Última edición: 25/04/13